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domingo, 26 de noviembre de 2017

identidad

La identidad:
Reflexiones sobre la otredad y lo propio.


“El infierno son los otros” (Jean Paul Sartre)

“No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino.” (Simone de Beauvoir)

La identidad siempre ha sido difícil de ser abordada, es etérea, dinámica y no puede ser comprendida sin pensar en la sumatoria de distintas capas sociales, psicológicas y políticas implicadas. Es la identidad la que nos hace individuos, y también nos convierte en grupos sociales. Pero, ¿es la identidad la suma de todo esto?, o es acaso la identidad una cuestión propia y marcable. ¿Es siquiera la identidad una cuestión natural del ser o una imposición para limitarnos y encerrarnos en ciertas estructuras?.
¿Es la identidad de ser mujer una cuestión establecida? Me cuestiono si ser “mujer” nace desde lo biológico, desde sus cromosomas, sus características sexuales secundarias, su capacidad de ser fecundada y de luego dar a luz. ¿Es entonces ser mujer todas estas cosas que escapan de las decisiones propias, de los deseos y temores, hay acaso cabida para todo aquello que no está relacionado a una función en pos de la otredad? Además, ¿dónde se posicionan las identidades disidentes, como la comunidad transgénero o las identidades no-binarias, queers, etc?¿Es entonces nuestra identidad algo propio o algo definido por la otredad?.
Dentro de este ensayo planteamos una reflexión sobre la naturaleza de la identidad, sus conflictos, la angustia, la disforia y el existencialismo.

Según la RAE, dentro de sus definiciones de la identidad podemos hallar: “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.” de misma manera, también nos dice “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.”
Estas dos definiciones de alguna manera se contraponen la una a la otra, porque si nos agarramos del ejemplo de lo que es ser mujer, desde la primera podríamos decir que ser mujer significa todas aquellas características propias, que de primera pensaremos en aquellas biológicas ya mencionadas, o también en cuestiones asociadas a lo femenino, el maquillaje, vestuarios específicos, una orientación sexual específica, cuestiones que sin embargo, son desacreditadas como femeninas luego de un par de lecturas, conversaciones con distintas mujeres o simplemente salir a la calle y prestar atención al flujo de gente; ahora, según las segunda definición, ser mujer puede ser pensado desde el sentir propio, y esto involucra no solo fisiologías, sino también emocionalidades, gustos, temores, certezas. Un individuo que se siente individuo a través de un viaje psíquico de comprensión de estímulos y situaciones. Entonces una mujer es mujer porque se sabe mujer en sí misma, porque al mirarse al espejo ella lo siente vibrar en el vientre y le sube por la garganta para vociferar “Sí, ahí me hallo, en este espejo me veo y veo a una mujer, y me toco y estoy tocando a una mujer”
Sin embargo, este brillante y precioso saber es también una respuesta y una validación frente a un concepto intangible y etéreo establecido por el resto (¿Qué es definitivamente ser “mujer”?),  en este caso el resto -es decir, todos quienes no soy yo- es simbolizado por el espejo, éste es imagen de la otredad encerrado e invitado a nuestro espacio íntimo. Nuestros ojos sobre este ven solo una imagen teñida por todo lo que el resto ha dicho y hecho sobre nosotros.
Para salir del ejemplo específico de género (ser mujer), podemos llevar este cuestionamiento a un sentimiento generalizado, al temor que sentimos al mirarnos al espejo, y vernos allí donde nuestra imagen no somos nosotros sino que somos la imagen vista por el otro, y démonos cuenta que es allí donde balbuceamos y tratamos de hallar ese momento brillante en el que se cree reconocer a nuestra persona, sin embargo es justo aquí donde nace el sentimiento disfórico de reconocerse pero no reconocer en la imagen las vibraciones emocionales-psíquicas que emanan de lo profundo de nuestro ser; entonces nos cuestionamos dónde está el verdadero yo, quiénes somos realmente, ¿cuánta distancia existe entre el yo en toda su pureza y el yo manoseado?
Identificamos entonces una dualidad en el ser, una especie de bifurcación, el yo puro, intangible, inefable y platónico y el yo que corresponde a una proyección donde se superponen las imágenes de los-otros sobre-mi y las imágenes mías-de-los-otros-sobre-mí, una imagen sucia y nebulosa, deshumanizante pero ligada de todas manera a la primera.
Nos parece entonces interesante y hasta necesario homologar estas dos manifestaciones -radicalmente contrarias- con el ideario sicoanalista, y hallar las similitudes que hay con lo que se entiende como  Id y Superego respectivamente; el primero siendo donde se halla todo lo reprimido y se arma principalmente de la pulsión de vida (Eros) y la pulsión de muerte (Thanatos), instintos primitivos que sirven de motor al viaje síquico y el segundo corresponde a la instancia moral que cohíbe a la actividad yoíca, la internalización de normas, reglas y prohibiciones parentales, lo que pondría freno a un viaje síquico veloz, ciego y turbulento. Estas dos se unirían en el yo, que corresponde al puente entre ambas, este puente es lo que hace de una persona un individuo.
“El más duro reclamo para el yo es probablemente sofrenar las exigencias pulsionales del ello, para lo cual tiene que solventar grandes gastos de contrainvestiduras. Ahora bien, también la exigencia del superyó puede volverse tan intensa e implacable que el yo se quede como paralizado frente a sus otras tareas.”
Freud, S. Esquema del psicoanálisis (1940 [1938]), Ed. Amorrortu, V. XXIII, pg. 173.
Nos apoyaría en esto también el análisis propuesto por el interaccionismo simbólico, que nos dice: “El yo surge por un proceso social en el que el organismo se cohíbe, resultado de la relación del organismo con su ambiente”.
Desde esta perspectiva podemos entender que el yo o la identidad es un símbolo cuyo significado nace desde la interacción social, entre el ser y el otro. La consciencia sobre la existencia propia se crea al igual que la consciencia sobre otros objetos. Sin embargo esto se vuelve complejo al entender que el significado de los símbolos es siempre fluctuante, y en consecuencia es posible -y quizá hasta sencillo- perder el hilo de estos significados. Los agentes que participan de la interacción no pueden generar significados al símbolo de su propia identidad si no es a través de la interacción social misma en la cual los demás se representan a ellos mismos, entonces, todos los agentes no se hallan sino en un juego de especulaciones, un salón de espejos donde se determinan a ellos en función de la representación de sí mismos que se ha forjado en el proceso especulativo. Es fácil entonces si no se tiene la fortaleza (o la facilidad de ignorar) llenarse de angustia al enfrentarse a este salón de espejos con imágenes difusas y cambiantes, especulaciones y ansiedades, terrores, inseguridades proyectadas en ojos que se posan sobre nosotros y los nuestros sobre ellos.
Este espacio aparece no cuando nos miramos frente al espejo en el baño o en una vitrina cuando caminamos frente a la calle, si no que nos encerramos en esa habitación de espejos cuando en la penumbra de la noche, cerramos los ojos y miramos hacia dentro, buscando.

“Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”  (Howard Phillips Lovecraft)

En definitiva, creemos que la identidad no es una cosa estática que uno pueda llegar y ponerle un pin encima o fotografiar, si no que es un estado vibratorio y ansioso, infinitamente inestable y volátil. Escapa de ser un sustantivo y se vuelve verbo. Nos hallamos ahí donde se superpone nuestro vientre y el reflejo en un espejo roto, en la tangencia misma del id con el superego, del yo y todo lo que no es yo. La identidad es la biografía y la reseña.
Es difícil hablar al respecto y alejarse de la poética, ya que está fuertemente enlazado a la sentimentalidad, a la experiencia propia que se tiene frente al acto de existir. Es necesario entonces para que existamos como individuos la participación de un otro que con su mirada ejerza un acto de objetivización, y de nuestra respuesta frente a este. Es entonces la existencia un acto de por sí angustiante, una lucha constante de buscar equilibrio interno y de además ser partícipe en la violencia de volver objeto al otro. Pero no es todo tan terrible como suena, porque el tacto y la lengua nos permite golpear e injuriar tanto como también nos permite acariciar y besar y decir te amo desde el vientre. Al final uno mismo es también el resto, y el resto es uno. Somos olas en un océano. Somos la fauna, el krill, las algas y el agua salada donde sumergimos los pies.